A través de los ojos de Lotus

De la arcilla cruda al cuenco de cerámica; un viaje a las profundidades de la concentración absoluta

Cuando la tierra se cansa de recibir órdenes y te obliga a escuchar

Los miércoles son mis días de alfarería.

Días en los que cierro la puerta del taller y dejo que el mundo, con todas sus listas de compras y facturas pendientes, se quede detrás de esa puerta. Sobre la mesa de trabajo descansa un trozo de arcilla: frío, pesado y honesto. Nada en esta arcilla pretende ser lo que no es.

El primer tacto es decisivo. En el libro Arteterapia práctica se señala que el contacto directo de la mano con la arcilla activa un tipo de conexión prelingüística. Los investigadores en arteterapia consideran que la alfarería, a diferencia de la pintura, que a menudo se basa en una imagen mental preconcebida, es un proceso en el que la obra toma forma en la interacción momento a momento con el material.

Pero lo que más me ha unido a este material está en otra parte. Un estudio publicado en la revista Current Opinion in Psychiatry demuestra que la implicación multisensorial con la alfarería (tacto, vista e incluso oído) aumenta la atención plena mucho más que un enfoque unisensorial. En esa investigación, el grupo que prestaba atención simultánea a la textura, el color y el sonido del torno mostró una mejora significativa en los indicadores de atención plena.

La realidad es que la arcilla no tolera órdenes. Puedes dibujar tu plano, calcular las medidas, fijar los ángulos con precisión, pero en el momento en que presionas los dedos, la arcilla decide hacia dónde ir. Esto no es un fracaso, es una negociación. Una negociación entre lo que tú quieres y lo que el material permite.

La cocción final es el punto culminante de esta negociación. El horno, con un calor que alcanza los mil grados, pronuncia la última palabra. Los alfareros antiguos decían: «El horno es el juez más justo de nuestro arte». Cada error en la preparación, cada burbuja de aire pasada por alto, grita en el calor.

Y yo, después de tantos años, todavía tengo cuencos que se agrietaron en el horno. Cuencos que me recuerdan que la concentración absoluta no significa control absoluto. A veces lo mejor que puedes hacer es colocar las manos sobre la arcilla, cerrar los ojos y escuchar lo que ella tiene que decir.

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